No suelo dejar cosas sin concluir, pero sí me cuesta repetir las acciones una y otra vez de igual modo, a la misma hora, el mismo día. Como trabajo en varias ideas en simultáneo, tengo mi carpeta con dibujos de mi próximo libro álbum, empezado pero no terminado, e ideas varias apuntadas en mi bitácora. Si alguien me pidiera una característica estable de mi personalidad, diría que soy constante; aunque la idea de la repetición me vuelve algo inconstante. Entonces, ¿qué es, en realidad, la constancia?
La constancia o perseverancia suele definirse como la firmeza y la voluntad inquebrantable de mantener un esfuerzo sostenido para alcanzar una meta, un aprendizaje o un hábito, sin importar las dificultades, los obstáculos o la falta de resultados inmediatos. Requiere paciencia, disciplina y la capacidad de sobreponerse a los contratiempos del día a día.
Los estoicos no tienen una visión romántica de la constancia: la entienden como práctica diaria. Epicteto decía que nadie se vuelve virtuoso por querer, sino por ejercitarse. Séneca, en sus cartas, se queja de su propia inconstancia y de la gente que “no sabe qué quiere”. Su solución: la rutina pequeña y el repaso de conciencia nocturno, es decir, preguntarse qué hice hoy, qué dejé a medias y por qué.
El budismo ofrece una mirada más amable. Si todo es impermanente, también lo son nuestras ganas, nuestro ánimo y nuestras ideas sobre quiénes somos. Por eso no tiene sentido castigarse por “fallar”: se observa la pereza o el desinterés como un estado que pasa y se vuelve a empezar, sin dramatismo. Cada día se puede arrancar de nuevo.
La constancia da cierta tranquilidad; la inconstancia se vuelve un peso que cargar, una obligación que cumplir y que se posterga. Los estoicos me dirían que practique un poco cada día; mi hermana, que lo anote todo; y los budistas, que no me castigue cuando falle.
Tal vez la constancia no sea repetir aburridamente una acción, sino seguir el propio ritmo y la propia inspiración, sabiendo que se avanza de a pequeños pasos.

